relatos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cualquiera habría adivinado su edad cuando entró en aquel almacén de suministros de Kansas City. Delgado como un sarmiento, la piel cobriza y curtida como un pellejo de cuero tendido al sol del desierto, aquel pelo ligeramente largo y cuidadosamente desaliñado, y sobre todo, y por encima de todo, aquellos enormes ojos grises como el acero de Illinois, fríos y sin vida hasta que un estúpido incidente o alguna emoción contenida los hacía vibrar con la furia de mil terremotos. A las mujeres les resultaban atractivos, como si fuesen un recordatorio de alguna lejana y romántica melancolía, o de una cercana y tierna languidez, y a los hombres les resultaban tan hostiles como el invierno que se cierne sobre las cosechas y el ganado, y no veían languidez o melancolía, sino la dureza granítica del espíritu que ebullía en el interior de aquel hombre y detrás, si, detrás de todo aquello, algo amenazador se escondía en aquellos ojos que todo lo escrutaban y medían, hasta el último lugar de las estancias en las que entraba, o la última pulgada de los hombres con los que se cruzaba.

No pasaría de los treinta. Carol lo miró de refilón con cierto rubor en sus mejillas, porque sus labios tremularon de deseo bastante impuro, y temió que la delataran. Descubrió la misma mirada en más de una mujer, incluida la señora Whitaker que pretendía distraer a su marido con algún tipo de alubias. Camina con apostura, - pensó - con una estudiada suficiencia, alejada de toda petulancia pero transmitiendo una fuerte seguridad en sí mismo. La clase de seguridad que una mujer desea que un hombre le transmita con un abrazo. Sin embargo, aquel hombre no miraba con coquetería o con indisimulado interés a ninguna de las mujeres con las que se había cruzado ni en aquel almacén ni en el motel en el que se había alojado tres días antes, cuando Carol lo conoció y comenzó su pormenorizado estudió. No lo vio emborracharse, sino beber con escrupulosa corrección y cuidadosa moderación de la botella de whisky añejo que Chat le servio. No lo vio fumar en las mesas de juego hasta enrojecer sus ojos, sino más bien saborear con delectación, casi como un gourmet aquellos cigarros de Virginia extraordinarios que le había comprado a Chat. Sonrió, y trató de imaginar si su comportamiento con las mujeres sería también de cuidada moderación, o sería sin embargo uno de esos animales que se reprimían ante la ciudadanía y en la cama mordían y lamían, usaban su lengua y sus manos con tanta habilidad como su miembro...

Agitó su cabecita tratando de alejar aquellos pensamientos que la turbaban y estremecían a la vez. Pero el hombre siguió con su actitud desdeñosa hacia la concurrencia femenina, y comenzó a comprar suministros, mostrando tanta habilidad como Mossie, la negra que trabajaba en su casa desde que huyó de su amo del sur, y alcanzó la libertad en forma de un nuevo amo y un ridículo salario del norte, eligiendo con maestría doméstica el tocino, la carne en salazón, las lentejas, los pimientos secos y otras viandas no perecederas. Fue entonces cuando se fijó en que manejaba preferentemente la mano izquierda, a pesar de que llevaba el revólver en el costado derecho. Conjugó en su cerebro desbocado de imaginación e inteligencia ambos hechos y pensó que quizás pudiera ser uno de esos pistoleros de la frontera que llenaban folletines de a cuarto de dólar el ejemplar, uno de esos nuevos héroes románticos que salvaban a la dama en el último momento, con su última bala, de indios, cuatreros, despiadados terratenientes y otros malnacidos para luego marchar hacia el sol que se pone en el horizonte...

Definitivamente, mi imaginación va demasiado deprisa. - pensó - Seguramente su realidad será mucho más triste y vulgar que todo eso. Le vio terminar sus compras, pagar, recoger con tranquilidad todos los víveres en una gran bolsa marrón y salir sujetando aquella compra con un firme y suave a la vez abrazo de su pecho y brazo izquierdo. Parecía transportarlo no sin cierta incomodidad y fatiga, por lo que Carol, a riesgo de parecer una descarada, le interrogó con el acento más frívolo, sexy y seductor que pudo, a la vez que puso una de esas caras de "no te creas que soy tan fácil, muñeco":

- ¿Quiere que le eche una mano, amigo?

El hombre enarcó una ceja, esbozó algo parecido a una sonrisa y según creyó apreciar Carol en sus ojos grises, no sin cierta ternura, contestó:

- No, se lo agradezco, pero tengo el caballo aquí mismo.

Carol se apartó de la puerta haciendo frú-frú con sus faldas, en un último intento por llamar su atención.

Clint salió a la luz de la mañana pensando en que si dispusiera de unas horas más quizá cediese a los arrumacos de la joven camarera del saloon. Aunque, por su porte y temperamento sacados a relucir en el saloon, parecía demostrar que era algo más que una camarera, quizás una encargada, jefa de camareras o algo así. Pero tras el aviso de Silver Kid, debía poner tierra de por medio lo antes posible. Así que había llegado a ser nada menos que Marshall de los Estados Unidos. No estaba nada mal para un ex jugador de póker. Claro, que en su opinión, siempre había sido un blando, como cuando aceptó (y éste fue su primer paso como agente de la ley) el cargo de ayudante en Silver Creek cuando Relámpago se lo pidió. Bonito pueblo aquel. Todo el mundo tenía un mote, y cuando paseabas por las calles y oías hablar a sus gentes, no sabías muy bien si estabas en medio de una reserva india o en un pueblecito de Nevada. Encajó rápido Silver Kid, y tras la retirada de Relámpago, fue aclamado como sheriff local. Y tras tener Clint un duelo con un tipejo llamado Amos Bikes, tramposo profesional y desplumador de incautos, trabaron cierta amistad. Silver Kid sabía que Clint se ganaba la vida como pistolero (no sabía lo bien que se la ganaba), pero como sólo lo había visto jugar limpio, y a menuda velocidad, lo respetaba. Clint calculaba que Silver Kid sería aproximadamente tan rápido como él, pero como el muy bien sabía, en un tiroteo la rapidez sólo era un factor más a considerar para conseguir la victoria, y ni con mucho el más importante. Pero, gracias a su aviso, no debería enfrentarse al que consideraba, sino un amigo, sí alguien neutral, y teniendo en cuenta la cantidad de gente que quería verlo muerto, eso era importante.

No había caminado ni cinco metros cuando un desocupado que paseaba su vista por el tráfico apresurado de gente por aquella calle principal, realizó un movimiento rapidísimo, extrayendo del interior de su gabardina un Winchester, amartillándolo y apuntándolo a la vez. Clint reaccionó a una velocidad increíble, soltando la bolsa de los suministros y efectuando aquel movimiento que formaba parte ya de su propia existencia con la mano derecha, pero cuando se disponía a efectuar su disparo, la ventana de su derecha se rompió con estrépito y de su interior surgió amenazadora una escopeta de dos cañones, que apuntaba directamente a su pecho. Con el rabillo del ojo observó, no sin cierto pánico, que varios tiradores se apostaban en los tejados, y oyó el ruido de sus rifles al amartillarse. La calle, apenas cinco segundos antes repleta de público, aparecía ahora desierta como el Mojave. Para colmo, tres jinetes doblaron la esquina desenfundando sus armas. En el pecho de uno de ellos, sobre su impoluta camisa blanca, lucía el fulgor plateado de una estrella de Marshall de los Estados Unidos. Su voz, largamente familiar, le sonó casi a disculpa:

- Clint Bronson, queda bajo arresto federal por asesinato de un agente de la ley en el estado de California, será conducido a Fort Maverick, y permanecerá en su cárcel hasta que se celebre su juicio. Allí dispondrá de asistencia legal y yo le aseguro que tendrá un juicio justo...

- Ahórrate el discursito legal conmigo, Silver Kid. - Dijo con un profundo poso de amargura el hombre de los ojos grises -. Mientras tanto, pensaba a toda velocidad como salir de aquella celada que le había tendido magistralmente su ex amigo.


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