relatos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el almacén, Carol no lo podía casi creer. Su barrunto de mujer era cierto, pero mucho se temía que la imagen romántica de pistolero forjada en su mente no se correspondía con la realidad. Entonces recordó los retazos de la conversación que aquel Marshall que ahora apuntaba al hombre de los ojos grises había mantenido apenas treinta horas antes con él en una mesa del saloon de Chat.

En aquella conversación se hablaba de un sheriff de no sé que pueblo perdido de la Baja California, conocido por sus métodos brutales y que usaba su cargo para enriquecerse y conseguir tierras y denuncias de mineros. Claro, que eso es lo que decían los habitantes del pueblo, puesto que las investigaciones de los hombres del Gobernador no sólo no habían encontrado ninguna irregularidad, sino que describieron como modélico el trabajo de aquel sheriff, ex pistolero por más señas, y concluyeron que ojalá todos los pistoleros se reformaran de una manera tan excelente como aquel hombre. En todo caso, lo que ocurrió fue que un tipo apareció por allí, entro en la oficina del sheriff, pregunto por él y antes de que pudiera decir algo más que un atronador "si, soy yo" le metió una bala en la cabeza, monto en un caballo pinto y huyó más rápido que el olvido de las gentes.

El Marshall y el hombre de los ojos grises discutían sobre si había sido juego limpio lo que había hecho aquel hombre o simplemente había sido un asesinato a sangre fría. El hombre de los ojos grises sostenía que retar a duelo a un hombre, abriendo las piernas, desatando el revólver con gestos melodramáticos y poner cara de duro era el método más seguro para convertirse en un bello y estupendo joven cadáver. Que un tiroteo era algo tan simple como matar o morir, y que por eso el hombre aquel había obrado correctamente. Y mucho más después del presunto comportamiento de aquel sheriff. Un hombre que actúa de esa manera deshonrosa no merece morir con honor, dijo. El Marshall lo miró con un aire triste, como esos hombres que echan la mirada atrás y sólo son capaces de ver oportunidades perdidas, amargura por las cosas que ya no volverán, y decepción por comprobar que conceptos que uno creía su norte, para el resto de la humanidad no tienen el menor sentido.

Carol comprendió al fin que hablaban de algo que había cometido el hombre de los ojos grises. Comprendió que el hombre de los ojos grises lo tomó como un aviso, y por eso interrumpió su plácido descanso en Kansas City, y compró un estupendo caballo y víveres para emprender la huida. Y también comprendió hasta qué punto el hombre de los ojos grises había decepcionado a su amigo el Marshall. Lo que ocurría ahora no era la detención de alguien por un delito federal como era matar a un sheriff. Lo que estaba aconteciendo en la calle era el encuentro de dos hombres que se creían traicionados mutuamente.

Clint alzó las manos en señal de rendición, tratando de ganar tiempo y de distraer a la vez. Observó mediante un examen a conciencia a cada uno de los hombres que lo apuntaban, tratando de descubrir sus fuerzas y sus flaquezas. Los tiradores del tejado de enfrente parecían buenos, estaban bien armados y bien situados. Prácticamente restaban la totalidad de las opciones. Si él hubiera sido Silver Kid, también habría puesto a sus mejores tiradores en el tejado y justo en la acera de enfrente. Eliminaban la posibilidad de una huida a lo largo de la calle. El tipo que por poco no apoyaba el cañón de su Winchester en su sien parecía dispuesto a apretar el gatillo al menor movimiento, sin nervios ni precipitaciones estúpidas. Sin embargo, el hombre que había roto la ventana con su escopeta de dos cañones aseguraba sin parar estar dispuesto a reventar sus tripas, sin mover la escopeta del sitio al que apuntaba, que era lo correcto, pero era presa evidente de la tensión. Aquello era un arma de doble filo, ya que ésta le podía hacer disparar a bocajarro y sin pensar, o cometer un error. Los dos hombres que acompañaban a Silver Kid, escoltándole como los ladrones a Jesucristo en el Calvario, parecían los más flojos de la partida. Lógico, si al que escoltaban era el más fuerte. Silver Kid ya había desenfundado, y lo apuntaba con calma y acierto, mientras que el acompañante de la izquierda balanceaba su revólver como si fuera un sonajero, intentando parecer despreocupado y amenazador. El de la derecha estaba a punto de cortarse la lengua en uno de esos aspavientos que realizaba para masticar el tabaco de manera que lo oyeran en Tijuana, al menos. No lograba ocultar su nerviosismo a nadie, ni siquiera escondiendo el rostro detrás de su escopeta del doce.

- Me has decepcionado, chico - Le escupió casi con odio Clint al Marshall, para romper el silencio, para que nadie se diera cuenta que pensaba a toda velocidad para salir del apuro
- Tú si que me has decepcionado, disparando a un hombre sin darle oportunidad de defenderse. Eso no es propio del hombre de honor que yo creí que eras.
- ¿Te cuadras ante una serpiente de cascabel y le preguntas si has de batirte en duelo con ella? ¿O la disparas sin dilación, como la sucia alimaña que es?
- Los hombres no son serpientes, Clint
- Algunos de ellos son mucho peores que ellas, chico. Y tú lo sabes muy bien.
- Pero no por ello puedes ir matándoles por ahí. Y mucho menos por dinero.
- Ah ¿No? ¿Y como llamas tú a tu trabajo? ¿Acaso no vas disparando a la gente por ahí por haber roto las reglas? Pues ellos rompen mis reglas. Y por ello sufren. El Señor hiere sin piedra ni palo. Hiere a través de mí.
- ¿Eso te crees ahora? ¿Un enviado del Señor? Lo siento, pero eso no te libra de la cárcel. Lo único que puedo asegurar es que tendrás un juicio justo. Entrega tu arma, Clint. La partida se ha acabado.
- ¿Y eso que es? Tú sabes tan bien como yo que si te entrego mi arma soy hombre muerto. Sólo soy un flacucho endeble sin ella. Cualquiera de mis enemigos tendrá amigos convictos en Fort Maverick. Y sin mi arma, no tengo ninguna oportunidad ante ellos. Algunos de ellos podrían matarme de una bofetada. Con esto no consigues un juicio justo para mí, consigues sólo una muerte segura. Esto es una ejecución, no una detención.
- Te garantizo protección...
- Si sobrevivo a eso, que lo dudo, me colgarán. Como mañana saldrá el sol.
- Si se demuestran tus acusaciones...

Bronson creyó haber encontrado una posibilidad. Remota, pero posibilidad. Mejor que entregar su arma. Mejor que rendirse sin luchar. Mejor que desenfundar a toda velocidad y levantarle la tapa de los sesos a Silver Kid, que era lo que el alma le pedía a gritos. Sabedor de que toda su vida se jugaba a una sola carta, que tenía una posibilidad entre cien, aceptó el riesgo con la frialdad que la vida le había infiltrado en las entrañas en dosis masivas, con la determinación precisamente desesperada del que siente que no tiene absolutamente nada que perder por mucho que consiga, de aquel que esta en permanente búsqueda de algo que ni él mismo sabe lo qué es, pero sólo sabe que ha de buscarlo por el lado más difícil. Contestó con calma, levantando visiblemente la mano derecha, alejándola del revolver, en falsa señal de rendición, pero con los nervios y músculos de su brazo en máxima tensión, dispuesto a usarlo en el momento adecuado. Sonrió y le dijo a Silver Kid:

- Eres un cretino, Silver Kid. Pero tú ganas esta partida.

Lo que ocurrió a continuación es difícil de narrar, puesto que sucedió a tal velocidad que recordaba a aquellos ilusionistas que en los salones de juego y con una baraja en la mano aseguraban que la mano era más rápida que el ojo.

Clint casi no había terminado la frase, para sorprender y tener así alguna ventaja, y para que la añagaza fuese más creíble aún, mantuvo inmóvil su mano derecha. Sin embargo, con la mano izquierda que ya tenía levantada, agarró con infinita celeridad el cañón del Winchester que lo apuntaba a la sien, desviándolo de tal manera que cuando el tipo hizo fuego con la presteza que Clint había previsto, alcanzó de pleno al mostrenco que lo apuntaba desde la ventana de su derecha. Murió sin saber cómo. Prácticamente a la vez, aprovechando la sorpresa de Silver Kid, que creía estar tranquilamente hablando con un hombre sin posibilidades y a punto de rendirse, desenfundó y disparó al Marshall, consiguiendo que una bonita fuente colorada manase de aquella camisa blanca impoluta justo al lado de la estrella plateada. Sus acompañantes a esa altura de acontecimientos todavía no sabían muy bien lo que estaba pasando. Los tiradores del tejado abrieron fuego como Clint esperaba, pero al tirar del cañón había atraído hacia sí el corpachón del hombre del Winchester, y éste actuó como escudo, recibiendo un par de impactos. Clint abrió fuego dos veces más para descabalgar a los acompañantes del Marshall. El tipo del tabaco y la escopeta reaccionó al fin y disparó. El otro no tuvo tiempo. Ambos cayeron al suelo, malheridos. Logrado su objetivo, Clint saltó por la ventana rota de su derecha hacia el interior de la estancia desde donde el hombre que cayó primero lo había estado apuntando. No estaba dispuesto a permanecer al alcance de dos buenos tiradores en el tejado de enfrente ni un segundo más.

 

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