relatos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No puede ser.

No puede ser verdad. Esto no puede estar ocurriéndome a mí! Cielos, esto es algo que no puede ocurrirle a nadie!! Y la culpa es solo de Mark, maldito sea hasta el fin de sus días!
Cálmate, volverá en cualquier momento. No dejes que te vea así, con los ojos brillantes y los labios temblando.

Bien, mejor así...

April echó la cabeza hacia atrás. Sus espléndidos rizos color caoba cayeron sobre sus hombros, descubriendo los ojos verdes y sus delicados rasgos. Miró hacia la puerta, desafiante, y esperó, procurando que su respiración fuera inaudible.

En ese momento se oyeron dos pasos, anunciando la presencia del diablo. Una mano blanca sosteniendo dos copas de vino y una botella polvorienta apareció instantáneamente entre la puerta y su marco.

La máscara se hizo añicos. Los labios de April se entreabrieron y su pecho se hinchó con el hálito de la excitación. El diablo se encontraba frente a ella, sin que aparentemente hubiera hecho ningún movimiento. Ahora lo comprendía todo. Como había permitido que aquel extraño se acercara cuando estaba en la barra del Tribeca Grill y se presentara. Ivo. Era un buen comienzo. Y esa noche April estaba receptiva.

Ese cretino presuntuoso de Mark había vuelto a anular una cita en el último segundo. Y esa noche April estaba radiante, solo para el. -Y qué si tiene un Ferrari, no puede tratarme así-. Pensó en visitar los lugares donde iban juntos, solo para que sus amistades snobs vieran lo que Mark se estaba perdiendo.

Pronto notó una mirada insistente. Una mirada brillante, de un azul insondable, que la miraba directamente al nervio óptico. Y aquella mirada era exactamente la mirada que siempre había deseado sentir sobre su piel. Por que casi podía sentirla recorriendo con indescriptible ligereza y sobrehumana delectación la cuenca de sus ojos y sus labios. Una mirada de una pasión de otro tiempo y otro lugar, de admiración, de devoción casi. April había recibido miles de miradas de hombres a lo largo de su breve existencia; miradas de pasión, deseo, amor, sumisión. Todas ellas juntas parecían la sonrisa de un niño al lado de la de aquel pálido desconocido. Y todos las miradas, suspiros, halagos, caricias, Mark y todos los hombres ya no fueron ni un recuerdo, ni una distracción.

Estaba en sus manos desde el primer momento. Y además estaba su educada conversación, su refinado acento -rumano, dijo- y unos ademanes de una gracia y una sensualidad como no había visto en su vida, hasta el punto de hacer sentirse incómodos a los hombres a su alrededor. Las perlas de sus gemelos de platino engarzaban collares alrededor de los ojos de April acompañando sus extravagantes anécdotas; y cada palabra respaldada por aquella mirada que desnudaba el alma, era una declaración, un poema. Casi no pudo esperar a que la invitara a su casa, y se avergonzó de lo rápido y evidentemente ardiente de su advenimiento.

Podía recordar el temblor de su joven piel ante cada beso y cada caricia de Ivo. Cada vez que Ivo salía a traer una nueva botella de champagne, unas extrañas botellas de medio litro de un desconocido Moet-Chandon que ella no había visto nunca, April se sentía presa de una soledad que atenazaba sus nervios y su garganta. Y cada vez que la angustia estaba a punto de quebrar su silencio, Ivo aparecía estático en el umbral de la puerta; y aquellos dos zafiros volvían a refulgir en la habitación, deslumbrando a April y devolviéndole la tranquilidad. Y el deseo.

No estaba preparada para lo que vino a continuación. Estaba de espaldas a Ivo, con sus manos acariciando la laca del piano y la base del extraordinario candelabro de plata, labrada hacía cuatrocientos años, cuando las manos del diablo cubrieron las suyas con su lánguida palidez y sus labios rozaron su mejilla junto a su oreja. Cuando la lengua abandonó su oreja y descendió por su cuello y sus manos blancas estrecharon los pechos de April, ella creyó que por fin harían el amor. Se alarmó un instante por el inesperado dolor en su cuello, pero instantáneamente se abandonó. Sus miembros se volvieron flácidos. Habría caído si Ivo no estuviese sujetándola con fuerza. Solo existía aquel contacto en su cuello, aquella sensación, que nunca imaginó al alcance de un mortal; estaba mas allá de cualquier cosa que ella conociera. En su interior brillaba una estrella, rugía un volcán que vertía un torrente de miel en sus venas. No supo cuanto tiempo permaneció así, hasta que súbitamente sintió un profundo terror ante la idea, que brotó en su mente como si alguien la hubiera puesto allí, de que aquella sensación terminaría. No creía que pudiera volver a sentir nada después, nada que no le recordara que perdió aquella sensación, aquel sentimiento.

Aturdida, abrió los ojos y vio que Ivo se había separado de ella. Suspiró aliviada un instante, pero volvió a abrir los ojos inmediatamente. La mirada del diablo ya no era tranquilizadora, sino que revelaba un aire de burlona superioridad y una sensación de dominio y control cercana a la crueldad. Incómoda, se revolvió en sus brazos intentando separarse de el y entonces vio los dos hilillos de sangre que brotaban de sus labios y descendían por su piel ahora rosada hasta manchar el cuello de su camisa blanca de seda. El miedo le golpeó en la nuca y se extendió por su cuerpo en oleadas. Cuando se le ocurrió huir una de las manos del diablo apresaba ya las dos suyas en un cerco de hierro, aunque sin apretar apenas, y la otra tapaba su boca, mientras la miraba con una ceja levantada. Cuando las lágrimas le nublaron la vista, las cejas del diablo se curvaron en un leve gesto de aburrimiento y casi fastidio.

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