relatos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando volvió a abrir los ojos estaba sola. Las lágrimas volvieron a sus ojos con irresistible angustia cuando el esparadrapo sobre su boca y sus manos y sus pies atados a una silla chippendale le recordaron lo que había pasado.

Pataleando y sacudiéndose con la fuerza de la desesperación, sin dejar de llorar, solo consiguió agotarse. Al cabo de unos minutos se tranquilizó. Miró los dos pañuelos de seda que suave pero implacablemente sujetaban sus muñecas a los brazos de la silla. Un instante después el diablo estaba frente a ella. No recordaba su belleza, su mirada. Pero esta vez se limitó a sentarse frente a ella y a mirarla con curiosidad.

Solo se movió al cabo de tres o cuatro interminables minutos, y fue para descorchar la botella.

-He pensado que un poco de vino refrescaría tu cuerpo y tu mente. Es un blanco joven del centro de Italia. No ha ganado premios en las ferias, ni críticas elogiosas, sus productores no permitirían tal vulgaridad. Pensé en descorchar una botella de borgoña de inenarrable vetustez que guardaba para la ocasión, pero un vino tan fuerte te adormecería y embotaría tu mente. Y quiero que seas claramente consciente de lo que te va a suceder, April, bella mía.

- Ya no lloras. Bien, sabía que podía esperar algo mejor de ti. Necesito algo mejor de ti.

Sonrió mientras decía esto, pero no fue la leve sonrisa seductora, apenas esbozada, del comienzo de la noche. Al ver los colmillos, la pálida frente de April se llenó de arrugas, y la luz de las velas negras titiló entre sus pestañas, pero consiguió contenerse.

-No seré tan descortés como para permitir que bebas sola, adorada, pero el vino tiende a sentarme mal.

Mientras decía esto tomó un abrecartas con mango de marfil que reposaba sobre la mesa. Se acercó a la mujer jugando con el con aire indolente, y se arrodilló a su lado.

-Sobre todo el blanco.

Y ,mientras hablaba, sin dejar de mirar los ojos de la mujer con sobrehumana atención, posó lentamente la hoja en la muñeca de April. Y, lentamente, captando con avidez cada detalle del crispado rostro de la mujer, cortó su muñeca en sentido longitudinal.

Se quedó paralizado un momento, el momento en que brotó la sangre, pero se repuso inmediatamente y llenó una de las copas de vino con ella. Pareció olvidarse de todo mientras contemplaba el brillo crepuscular de la sangre y el de la luz al resbalar por la suave curva del cristal de Bohemia. Pero solo fue un instante. Posó la copa y otro pañuelo surgió en su mano y vendó la herida con habilidad.

Otra vez se limitó a quedarse parado mirando a la mujer. Había captado el terror, el chispazo de terror atávico con que sus ojos revelaron la comprensión de lo que le estaba sucediendo. Comprendía. Un diablo. En Nueva York. Hoy. Un vampiro.

- Antes de soltarte -no pretenderás que te acerque la copa a los labios- debes saber algo. He gozado de suficiente sangre tuya como para que apenas puedas moverte. No conseguirías dar dos pasos hacia la puerta sin caer. Tu esfuerzo por soltarte hace un rato, terriblemente ruidoso, solo ha contribuido a debilitarte mas. Hizo una pausa y con una sonrisa amplia, terrorífica, cruel, añadió: Y si gritas, dejaré de ser amable.

Sin que pareciera moverse del sitio, su brazo la liberó del esparadrapo sin que ella sintiera el menor dolor y soltó sus brazos del lazo de seda que los aprisionaba, y también sus tobillos.

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