relatos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   Quizás fue porque había leído demasiadas novelas de James Bond; quizás la causa fue un defecto congénito o alguna lesión cerebral producida en mi ajetreada infancia (como cuando Tía Mae me tiró a la cabeza el tarro de compota), pero el caso es que cuando llegó el momento de plantearme el qué hacer con mi vida, me hice poli. Es más, poli en Denver.

   Que Dios me perdone.

   Sin embargo, apenas pude "saborear" las delicias del cuerpo, ya que al poco tiempo ingresaba en la agencia, un entrañable lugar en el que aprendí a patear culos, saltar cerrojos y, para mi asombro, hablar japonés.

   Con apenas veinticinco abriles llegué a la nada despreciable posición de agregado de embajada de los USA en Japón, aunque, por supuesto, prácticamente todo el mundo me conocía y sabía que mi despacho era quizás el menos concurrido de toda la embajada.

   No tenía mucho trabajo, apenas hacer de correo de vez en cuando, así que empleé mi tiempo libre en estudiar artes marciales y en los servicios de contactos, a partes iguales.

   Así conocí a mi Sensei, Yodama Noduke, ya un anciano apergaminado y sonriente en mi primer encuentro. Yo pensaba que sabía luchar hasta que empecé a entrenarme bajo su dirección: judo, aikido, karate, pero sobre todo, kendo, el arte de la espada. Como su fuera una lámina de metal al rojo, el anciano maestro me templó en los caminos de la guerra y del honor, forjo mi cuerpo, pero también mi alma, y me enseñó los caminos del Zen, que apaciguaron mi espíritu.

   Pero un día recibí un comunicado de la central: tenía que volver a Denver para un "trabajo especial". Me despedí de mi maestro y él me regaló mi katana como regalo de despedida, una noble hoja recta con un dragón grabado en negro en toda su extensión. Antes de mi vuelta a los USA, un hábil artesano ocultó la hoja en un bastón, sustituyendo la empuñadura y la guarda por otra que parecía formar parte del bastón, de forma que podía llevarla sin llamar la atención, algo muy útil en mi trabajo.

   Volví a casa y mi jefe, Aleister Dawnhill me explicó mi trabajillo: tenía que encontrarme con un enlace japonés en un lugar concreto, coger lo que fuera y volver de nuevo al Japón; una vez más mi trabajo de correo, pero un poco más complicado.

   La contraseña, eso tan gracioso de "tengo un pájaro azul" -"Pero sólo cuando llueve", era parte de un "Haiku", en japonés. -¿Qué son las nubes sino un pretexto para el cielo?-. Entré en el lugar de la cita, un almacén vacío (alquilado por la agencia, seguro) y recité la tontería. Desde las sombras salió una voz de mujer, precedida por un increíble par de piernas, que contestaba -¿Qué es la vida, sino una huida de la muerte?.

   Hecha la tontería inevitable del santo y seña, nos presentamos honorablemente en japonés y empezamos a hablar del tiempo mientras la estudiaba parapetado en mis gafas de espejo. Muy joven, muy hermosa, muy amarilla, y la falda, muy corta. Exactamente mi tipo. El mío y el de un 90% de la población mundial masculina.

   Pregunté por el "paquete" una vez acabadas las formalidades, ella puso cara de asombro y dijo: ¿Qué paquete?, ¿no eres tú el que lo trae?. Exactamente en ese momento sentí frío en la columna vertebral, algo que siempre significa problemas. Supe que algo no iba bien, pero cuando los tipos de negro empezaron a descolgarse del techo con ametralladoras, comprendí que, de hecho, iba muy mal.

   No se como me salió la tontería del cuerpo, pero en un solo movimiento me la eche sobre el hombro y salté por la ventana, esperando no romperme nada en la caída. Sentí como un golpe blando en la espalda, y mucho frío, y luego nada, fundido en negro, luces fuera.

    Y luego vinieron los sueños, los sueños en los que me sentía morir, y bebía el néctar rojo que manaba de sus muñecas abiertas, y me miraba en sus ojos negros como fragmentos de noche.

   Y una noche desperté, del todo, en un sótano hediondo en la peor parte de la peor parte de Denver. Habían pasado días desde el fiasco del almacén, y sentía más hambre que en la vida. Con un vómito estruendoso pronto descubrí que mis preferencias alimenticias habían cambiado de forma radical, junto con algunas piezas significativas de mi dentadura.

   En mi bolsillo, meticulosamente doblado, descubrí un papel que decía, en excelentes ideogramas japoneses:

   "¿Qué son las nubes, sino un pretexto para el cielo?

    ¿Qué es la vida, sino una huida de la muerte?"...